Política del holograma (o un fantasma recorre la montaña chiapaneca, el fantasma de zapatismo)

Como afirma Diana Taylor “Indigenous peoples remained invisible to their oppressors, who saw only the mestizo in the ski mask”. Si durante 500 años los derechos de  las comunidades indígenas fueron invisibilizados (por los conquistadores españoles, por las narrativas de los estados modernos latinoamericanos, por el imperialismo y por el extractivismo de la grandes corporaciones) el nacimiento de Marcos como tecnología performática indígena opera, por un lado, a través de la figura retórica llamada lítote, es decir, negando lo contrario de lo que se quiere afirmar, la invisibilización, mediante el ocultamiento en un holograma (“it was only on donning a mask that they entered public visibility”, afirma Jill Lane). El holograma, por otro lado, al ser nadie, es al mismo tiempo  una agencia de multitud. Y por su naturaleza incorpórea, está hecho de la misma materia de la que se hace lo espectacular, lo mediático, lo que se televiza, comparte, twitea y viraliza. Por eso, como afirma Marcos en su último discurso, el holograma permitió a la comunidad zapatista acceder a un reino del que estaba omitida por completo y disputar políticamente en ese mismo campo sus sentidos: el de los medios de comunicación (“la sabiduría indígena desafiaba a la modernidad en uno de sus bastiones”). Sin embargo, en su última acción performática, Marcos dice que ” SupMarcos pasó de ser un vocero a ser un distractor”, cuyos efectos mediáticos fueron suspendidos, y debido a esa razón había que matarlo. 

¿Pero se puede matar un holograma? 

La acción performática de destruir el holograma en una última puesta en escena (al mismo tiempo que una estrategia para reingresar en los medios de comunicación para denunciar el asesinato de Galeano y otros militantes zapatistas) es a la vez la desafiante demostración de que no se puede matar lo que nunca tuvo un cuerpo, porque tiene muchos. La política del holograma, entonces, como afirma Diana Taylor, es mostrar que las ideas no se matan, porque son colectivas y porque recorren como  un fantasma, como el fantasma del zapatismo, la montaña chiapaneca. “The Subcomandante Marcos is dead! Long live the Subcomandante!”, concluye Taylor.