Del principado al gobierno de las corporaciones

Si bien El príncipe es un libro escrito para un tipo de organización política particular: el principado, en oposición a la república, muchas de las conductas recomendadas para que un príncipe mantenga su poder pueden ser trasladadas a contextos actuales para analizar, sobre todo, el poder en cabeza de ejecutivo y los poderes económicos ocultos tras él. Nuestra realidad global está circunscrita a las lógicas del capitalismo en el que nada escapa a las posibilidades de ser convertido en mercancía y en la que los estados mismos son actores fundamentales en la consolidación de negocios que favorecen intereses particulares por encima de los de los ciudadanos en su conjunto. En el príncipe, Maquiavelo recoge una serie de premisas no para gobernar de la mejor forma, sino para mantener o garantizar la existencia del principado, es decir, estas premisas buscan favorecer un interés específico, el del príncipe, no los intereses de sus súbditos. Una pregunta que podemos hacernos es: si ya no estamos organizados en principados, al menos en la mayor parte del mundo occidental, y en esta medida no es el interés del príncipe el que prima, cuáles son los intereses que priman hoy en la realidad y en el discurso y de qué manera los consejos de Maquiavelo pueden servir para favorecer esos intereses o para comprender como funcionan. En un mundo globalizado y ordenado en torno a las dinámicas económicas transnacionales ¿qué intereses protegen los Estados?, ¿de qué manera lo hacen?, pienso, por ejemplo, el actual escenario político-económico es ideal para la proliferación de lo que Maquiavelo llama “soldados mercenarios”(80) aquellos que luchan por el príncipe a cambio de un pago, si bien Maquiavelo consideraba más útil la lealtad de los soldados, en las circunstancias actuales las transacciones económicas con fines bélicos parecen ser una salida mucho más plausible. La política bélica internacional de los Estados Unidos puede ser analizada desde esta perspectiva, a la que también obedecen las alianzas entre Estados y grupos paramilitares que tienen lugar en muchos países del mundo y tras las que se ocultan intereses económicos disfrazados de valores democráticos. El espectáculo de la política tiene dentro de sus tareas materializar este disfraz. Tal vez las cinco virtudes a las que se refería Maquiavelo han cambiado, pero lo que no ha cambiado es lo que sustenta su consejo “un príncipe debe tener muchísimo cuidado de que no le brote nunca de los labios algo que no esté empapado de las cinco virtudes citadas (…). Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las manos” y más adelante “porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito” (120). En las sociedades capitalistas, el éxito se mide en la ganancia económica. El discurso del éxito económico tiene la característica de ser fácilmente adoptado ¿quién no querría identificarse con una figura con poder adquisitivo, que promueve un ideal de vida caracterizado por el lujo? El príncipe ideal es, entonces, el empresario exitoso. Trump luego de haber desplegado sus habilidades gerenciales en un reality show, o varios de los presidentes latinoamericanos avalados por los gremios industriales y empresariales de sus países. El artículo del New Yorker me hizo pensar también en el éxito como creencia y en la dificultad de sobreponer a esa creencia la importancia de los valores democráticos o de la crisis ambiental o cualquier otro asunto que resquebraje el sueño del éxito económico, que deje en evidencia su naturaleza aparente.