Un punto en común de las lecturas de esta semana es el castigo como espectáculo y el efecto que este tiene en quien mira (o esconde la mirada) como ejercicio coercitivo de poder. En “Percepticide” Diana Taylor propone que uno de los objetivos del despliegue escénico de las fuerzas militares en la calle durante la última dictadura en Argentina no era precisamente esconder el terrorismo de Estado sino volver cómplices (mediante la mirada) a las grandes porciones de la sociedad de clase media despolitizadas que no eran blanco de la represión. La autora llama “percepticidio” el fenómeno a través del cual las personas eran sometidas en la arena pública a escenas de violencia y, por miedo, desviaban la mirada, al mismo tiempo que así se volvían partícipes pasivas del terrorismo de Estado, de los crímenes de lesa humanidad y del genocidio[1].
En los primeros dos capítulos de Vigilar y Castigar, Foucault analiza a través de un minucioso trabajo de archivo cómo en el siglo XVIII una serie de reformas penales hacen desaparecer al cuerpo como blanco mayor de la represión penal y borran al suplicio como espectáculo de escenificación del poder. Si anteriormente a esta fecha era el ensañamiento de la tortura en el espacio público la manera en que el poder soberano infligía a quienes miraban el terror y la disuasión a quebrantar la ley, posteriormente ciertas tecnologías e instituciones trasladan el castigo, como dice Foucault, “del cuerpo al alma”, metáfora que resume un nuevo marco disciplinario en el que ya no se intenta castigar sino corregir, adiestrar, normalizar, y la mirada como fenómeno de poder se vuelve omnipresente mediante el panóptico, técnica que produce el efecto en los ciudadanos/as de que están siendo mirados permanentemente y autoregulan así su comportamiento.
[1] Pongo estas palabras en negrita sólo para marcar una tensión política que se define en la manera en que se denominan los hechos ocurridos en la última dictadura militar argentina. El dictador Videla llamó a la tortura y a la desaparición sistemática de personas “guerra sucia” (“dirty war”, palabra que usa el texto de Taylor) como eufemismo para justificar tras la fachada de una supuesta confrontación simétrica dichos crímenes. Como las condiciones para la existencia de una guerra nunca estuvieron dadas en la Argentina, ya que se trató del accionar del Estado contra poblaciones civiles, todos los tribunales internacionales y gobiernos democráticos argentinos (a excepción del de Macri) convinieron en denominar el accionar del gobierno de facto “crímenes de lesa humanidad” y “terrorismo de Estado” en lugar de “guerra sucia”.