[en ESPAÑOL] Chantal Mouffe provee un esquema simple pero abarcador sobre sus usos de los conceptos políticos que informan sus tesis. Es crítica férrea de la política (neo)liberal contemporánea que, en sus mecanismos profundos, pone la democracia en jaque al proponer un consenso objetivo ilusorio que elimina la posibilidad de un ejercicio libre de la democracia propiamente dicho en un contexto pluralista globalizado. Al tomar una postura agonística—que reconoce un oponente político como adversario y no enemigo, que presupone un respeto mutuo en una competencia por los afectos de una mayoría del electorado—reconoce que la política democrática es una confrontación directa entre proyectos hegemónicos sin la posibilidad de una reconciliación final. En su capítulo “Agonistic Politics and Artistic Practices”, desmorona la dicotomía entre la política y el arte y presenta el quehacer artístico como un lugar de intervención, de resistencia y, sobretodo, de crítica capaz de retar el imaginario social necesario para la reproducción capitalista. Lo interesante del asunto es que el neoliberalismo es tan abarcador que también tiene la capacidad de destruirse a sí mismo: en ese afán racionalista-universalista-occidenal, las naciones-estados hipercaptalistas y hegemónicas protegen los derechos de libre expresión que posibilitan, en primera instancia, la concepción, creación y difusión de prácticas artísticas subversivas. Por tanto, el neoliberalismo ahora tendría que crear consensos ilusoriamente mayoritarios que creen oposición frente a la resistencia a la vez que defiende su derecho a resistir. Entonces, ¿cómo es que el Estado resiste la resistencia? Varios ejemplos puertorriqueños me brincan en la memoria: vayas de metal para contener las marchas multitudinarias, como las reces; apagar los micrófonos de los contrincantes en los hemiciclos senatoriales; liberar gases lacrimógenos a las once de la noche, luego de varias horas de protesta, por parte de los policías frente a la casa de gobierno en San Juan. Pero hay práticas artísticas que no se callan, que prefieren alborotar incluso en medio de las protestas, y menciono un ball queer (al estilo de Paris is Burning o de la serie Pose) que se realizó a plena luz de día en la Plaza de Armas en el centro del Viejo San Juan durante las protestas en contra del gobernador este verano pasado. Las cuerpas queer intervinieron en las protestas y aportaron sus voces y sus cacerolas a las manifestaciones, impusieron su estética y voluntad queer a las masas reclamando su derecho a la libre expresión, exigiendo el fin a toda violencia heteropatriarcal y capitalista, especialmente la del gobernador. Escogieron un espacio público y frecuentado que, según el lente agonístico, no fue para alcanzar un consenso, sino para sublimar sus preocupaciones democráticas e interceder en pos de las víctimas más marginadas del gobierno actual.
[in ENGLISH:] Chantal Mouffe is a determined critic of contemporary (neo)liberal policies that, in their deep mechanisms, threatens democracy by proposing an objective and illusory majority, which in turn eliminates the possibility of a proper free and fair democracy within the context of a pluralistic globalization. By taking an agonistic stance—which recognizes a political opponent as an adversary and not an enemy, which presupposes a mutual respect un a competition for the affection of an electoral majority—Mouffe recognizes that democratic politics is a direct confrontation between hegemonic projects without the possibility of final reconciliation. In “Agonistic Politics and Artistic Practices”, she discards any easy dichotomy between art and politics and presents artistic creations as a place of intervention, resistance, and, above all else, criticism capable of challenging the social imaginary necessary for capitalist (re)production. What is interesting is that neoliberalism is so encompassing that it also even has the capacity to self-destruct: in its rationalist-universalist-Western zeal, hegemonic hypercapitalist nation-states protect freedom of speech rights which make possible, in any case, the conception, creation, and diffusion of subversive artistic practices. Neoliberalism will now need to create an illusory consensual majority which creates an opposition to the resistance while at the same time defending their right to resist. Therefore, how does the State resist resistance? Various examples from Puerto Rico jump to memory: metal hurdle fences to contain multitudinous marches, as if cattle; turning off opponents’ and dissenters’ microphones in Senatorial hearings; releasing tear gas at eleven at night, after hours of protests, by the police in front of the governor’s mansion in San Juan. Yet there still are artistic practices that refuse to be silenced, which prefer disrupting even during the protests, and I mention a queer ball (to the tune of Paris Is Burning or the series Pose) held in broad daylight in the Plaza de Armas in the heart of Old San Juan during the protests against the governor this past summer. Queer bodies intervened during the protests and contributed their voices and their pans to bang with, imposed their queer aesthetic and will on the masses reclaiming their right to free expression, demanding an end to all heteropatriarcal and capitalist violence, especially the governor’s. They chose a frequented public space which, from an agonistic lens, not to reach a consensus, but to sublimate their democratic concerns and intercede in the name of the most marginalized by the current government.